¿Sabe usted quién es y lo que quiere de la vida?

Por María Pinar Merino

La construcción de la propia identidad es una empresa que le ocupa al ser humano desde el mismo momento de nacer y que probablemente no concluya hasta el final de su existencia. Algo que se inició el día en el que los seres humanos tomaron consciencia de sí mismos y del entorno aprendiendo a darse cuenta de cómo era la existencia y, por ende, a desarrollar capacidades que le terminarían alejando del mundo animal: la observación, la reflexión, la modificación del comportamiento, el razonamiento, la lógica… En definitiva, la conquista del reino de la mente gracias al mayor desarrollo de sus conexiones neuronales. Sin embargo, llegaría también un momento en el que -después de millones de años de evolución- su mejor aliado se convertiría en ocasiones también en su peor enemigo. Y es que la mente, que en su momento le ayudó a diferenciarse del resto de la creación, puede convertirse a veces en algo engañoso.

Si observamos a grandes rasgos el proceso evolutivo de un ser humano veremos que, desde el nacimiento, los niños son como cuadernos en blanco donde las personas que les rodean van escribiendo sus creencias, sus juicios de valor, sus expectativas, sus temores, sus alegrías, sus emociones y sentimientos. Y el niño aprende, absorbe como una esponja todo lo que sucede a su alrededor y va colocando las primeras piezas de su personalidad, los cimientos de su escala de valores que, en su mayor parte, son adquiridos. No olvidemos que la familia representa los ojos con los que miramos el mundo.

Después, durante el periodo de formación en la escuela y el instituto, sigue colocando nuevas hileras de piezas gracias a los estímulos que recibe. En esa etapa la sociedad, la cultura, la posición económica, la religión, etc., marcan pautas muy significativas.

Más adelante, la adolescencia marca un punto de ruptura y rebeldía con sus orígenes. El joven quiere transgredir normas y leyes para experimentar sus ansias de libertad. Necesita probar sus propios límites y para ello quiere reforzarse “inventando” algo nuevo, original, que le permita canalizar sus ideales.

Posteriormente, con la incorporación al mundo laboral -que tiene también su particular escala de valores-, se enfrentará a nuevas tensiones y ajustes. Y, finalmente, en ese proceso de construcción de la personalidad, llega a la creación de una familia propia en la que intenta implantar su concepción de la vida.

Pero, ¿y lo innato? ¿Dónde está esa parte esencial que anida dentro de la persona y que forma parte del bagaje intangible acumulado por los seres humanos a lo largo de millones de años? ¿Dónde se manifiesta esa filosofía interna de valores profundos? ¿Qué hay de esa ética que es independiente de la cultura y el medio? Comienza entonces a producirse tensión entre lo que su interior demanda y lo que la persona está viviendo en su vida cotidiana. Y como resultado de esa tensión se produce una reflexión, un análisis. Es cuando la persona siente la necesidad de hacer un alto en el camino para formularse una serie de preguntas a las que le suele resultar muy difícil responder: “¿Qué estoy haciendo? ¿Hago lo que quiero? ¿Cuáles son mis prioridades? La escala de valores por la que me muevo, ¿es la que deseo? ¿Quién soy realmente?”

Y es en ese momento, al echar la vista atrás, cuando uno se da cuenta de que siendo niño adquirió una serie de modelos o “identidades” que le proporcionaban lo que necesitaba: atención, cariño, seguridad, poder, etc. Que en la adolescencia eligió sus propios modelos, aquellos que la sociedad o los medios de comunicación le vendían. Que más tarde su desarrollo profesional le llevó a adoptar “roles” que encajaran dentro de ese entorno. Y así sucesivamente.

De tal manera que cuando llega a la madurez, a esa mal llamada crisis de los cuarenta, se da cuenta de que eso no es así, de que la vida misma, desde su origen, es una continua sucesión de crisis: la de la infancia, la de la adolescencia, la de la juventud, la de la madurez y la de la vejez. Que todas las etapas de la vida son crisis porque esa palabra es sinónimo de cambio y el cambio es compañero inseparable de la vida. Y entiende que mientras hay transformación hay vida, que cuando dejamos de aprender nos morimos, que cuando cualquier aspecto del ser humano se cristaliza esa parte de sí ha comenzado a morir.

Se trata de un punto en el que comienza la ardua tarea de tomar consciencia de todas aquellas cosas con las que nos identificamos pero que en realidad no somos. Porque nos identificamos con las funciones, con los “roles” que desempeñamos, con los títulos que atesoramos y llegamos así a tal identificación con los cargos, las profesiones, los estatus, lo que poseemos, lo que sabemos e, incluso, lo que somos para los demás… que llega un momento en que no tenemos respuesta a aquella simple pregunta: ¿Quién soy yo?

El peligro de identificarnos sólo con alguno de los aspectos de nuestra personalidad es que renunciamos a vivir el resto, a experimentar la gran riqueza de aprendizaje que se oculta tras cada una de nuestras facetas. Si uno se centra exclusivamente en ser médico, o padre, o deportista; si otra cree que es hija, o broker de la Bolsa, o cocinera; si otro piensa que ha nacido para ayudar a los demás, o para ser sincero, o para enseñar… estará contemplando sólo el aspecto más sobresaliente, quizá al que dedica mayor número de horas, o el que más gratificaciones le proporciona, o el que le resulta más fácil, o… Cada uno encontrará mil y una razones para sentirse satisfecho con su identificación.

Pero preguntémonos: ¿soy capaz de estar solo?, ¿me atrevo a quedarme conmigo mismo, sin títulos, sin escudos, sin disfraces, desnudo?, ¿puedo mirarme al espejo y ver qué hay más allá?, ¿me reconozco en esa imagen que me devuelve el espejo?, ¿qué dice mi mirada?, ¿qué expresan mis ojos, mis gestos?, ¿qué hay escrito en mi rostro?

Probablemente, para dar respuesta a tantos interrogantes sea necesario apartarnos, alejarnos -siquiera mentalmente- de nuestras circunstancias y desde ese punto recurrir al observador interno que todos llevamos incorporado. Si en la maraña de relaciones interpersonales que hemos creado hemos perdido identidad o bien no somos capaces de recuperar la sensación de ser auténticos, de ser fieles a nosotros mismos, si el poder, el dinero, el prestigio o las expectativas que los demás han volcado sobre nosotros nos han hecho olvidar al Ser que somos, será necesario alejarse un poco para identificar cuál es nuestro territorio.

Pero, ¿cómo hacer eso en nuestra vida cotidiana? -nos preguntamos-. Pues, en primer lugar, siendo conscientes de que nos identificamos con imágenes creadas por nosotros mismos y también con las que crean los demás en su relación con nosotros. Debemos saber que ambas no son sino interpretaciones de la mente -la nuestra y la de ellos- y que, como tales, son aspectos parciales de una totalidad mucho mayor.

En segundo lugar, descubriendo las potencialidades que tenemos aún por desarrollar y que nos abrirán las puertas de la consciencia. Para lo cual deberemos afrontar los retos y las oportunidades que la vida pondrá a nuestro alcance.

Tercero, admitiendo que los límites y los miedos los fabrica nuestra mente y que si es ella la que nos coloca las cadenas y nos priva de libertad puede igualmente hacer lo contrario. Sólo hay que ponerla a trabajar a nuestro servicio con el objetivo bien definido.

Cuarto, abriéndonos a la energía de la vida que fluye en el universo constantemente como un río sin fin y confiando en que el sumergirnos en esa corriente nos va a proporcionar las experiencias que necesitamos incorporar.

En quinto lugar, tomando consciencia de nuestro ser integral. De que somos una energía espiritual que se manifiesta en distintos planos vibratorios: físico, energético, emocional y mental. Esa energía espiritual superior proporciona coherencia y da sentido a todo lo demás. En la medida en que todos esos soportes estén alineados, es decir, vibren armónicamente, podremos acceder a un nivel de consciencia que nos permita beneficiarnos del orden imperante en el universo donde funciona la ley de la sintonía vibratoria.

En sexto lugar, incorporando en la ampliación de consciencia a los que nos rodean. Porque nunca estamos solos, siempre participamos de la misma esencia que el resto del universo.

Y, en séptimo lugar, haciendo silencio interior, buscando el sosiego y la paz dentro de nosotros mismos para poder vivirla después. Porque sólo aquietándonos podremos escuchar las notas del espíritu, apreciar la dirección y descubrir la intención que la Inteligencia Suprema dejó impresa en cada una de nuestras células.

María Pinar Merino

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