El Juan de Los Andes – relato

Juan Nuñez en el ritual de Karpay Ayni

EL JUAN DE LOS ANDES

Por Arnaldo Quispe

Hace exactamente 20 años comencé de modo específico mis prácticas con las energías sutiles. Por aquel tiempo apenas era egresado de la carrera de psicología y había elegido realizar mis primeros pininos pre-profesionales en psicología del deporte, por lo mismo era pan de cada día recopilar información e investigar todo cuanto pudiese mejorar el entrenamiento mental de los deportistas a mi cargo. En poco tiempo había asimilado las técnicas de motivación y visualización para la preparación de deportistas de alto rendimiento. De alguna forma llegó a mis manos la información de un curso de bioenergética a cargo de dos eminentes médicos, lo cual me pareció interesante como complemento a mi especialización en psicología del deporte. No lo dude y me inscribí al curso que se llevaría a cabo por varios fines de semana. Desde un inicio el curso atrapó mis sentidos, tuve la sensación de haber llegado al sendero justo, a aquello que estaba buscando desde hace años sin saber exactamente que era. Como la metodología del curso era vivencial y a mí me gustaba practicar cuanto pudiese, no tuve inconvenientes en asimilar todos los ejercicios propuestos. Era la primera vez que se hablada de energía sutil como tema de fondo y era la primera vez que experimentaba el poder de esas energías sintiéndolas tan presentes que me parecía inaudito no haber prestado atención mucho antes a este aspecto. Mi maestra insistía en vivenciar cada experiencia, cada ejercicio, su paciencia era universal como la calidad de sus enseñanzas.

Tuve una anécdota que hasta el presente no deja de maravillarme y es que resulta que le propuse a mi maestra de filmar y tener un video de una de las sesiones, lo cual aceptó sin ninguna dificultad. Para el día esperado, había logrado prestarme una buena videocámara y todo estaba listo. Como las prácticas con la enegía se realizaban en un ambiente amplio al interior de la casa, me dispuse a intentar grabar desde un inicio, pero por alguna razón la videocámara no registraba nada, es decir era como si se negase a funcionar en ese preciso ambiente. Hice varias pruebas y nada, intenté salir a otro ambiente y la cámara funcionaba normal. Como mi mente no desistía de la idea de grabar las secuencias de ejercicios quise retomar la grabación, pero era en vano. La cámara videoregistradora funcionaba en cualquier ambiente menos en la sala de prácticas. Mi maestra me dijo que era cuestión de energía, que de alguna forma las energías sutiles vibracionales pueden influenciar dentro del campo electrico o magnético artificial. No lo intenté más y me entregué a la práctica con las energías.

Desde entonces el tiempo ha pasado y gracias a ese curso tuve una puerta de ingreso al manejo y entrenamiento con la energía sutil. Con el pasar de los años conocí diferentes disciplinas orientales que complementaron mi conocimiento, como el taichi, el chikung, la técnica pránica y el yoga. Era como si mi horizonte cultural no conociera fronteras. Por lo mismo, llegó el reiki a mi vida muy consciente del sendero que estaba caminando, realicé los niveles de reiki a razón de un nivel por cada año. Gracias a mis maestros de reiki pude asimilar una disciplina que sin duda alguna consolidaba mi formación en el manejo de las energías sutiles, que era lo que tanto deseaba desde el momento en que me inicié con mis primeras prácticas de bioenergética.

A inicios de este milenio tuve la fortuna de ser seleccionado para trabajar como psicólogo en un proyecto piloto de rehabilitación de toxicodependientes en la selva peruana, el Centro Takiwasi desde entonces se convertiría en mi nueva casa y dentro de ella mi conocimiento respecto de la medicina natural y tradicional se amplificaría alcanzando un radio de acción muy importante en mi vida actual. La medicina tradicional de la selva amazónica con Takiwasi comenzaba a trascender mundialmente y cada día llegaban al centro importantes científicos, profesionales y chamanes destacados de la amazonía. Para entonces alguien me había alcanzado un ejemplar del libro titulado “Iniciación en el corazón de los Andes” de una colega psicóloga americana Elizabeth Jenkins, que narraba sus experiencias místicas dentro de la espiritualidad andina, dentro de su libro narraba abiertamente un horizonte de prácticas con la energía a cargo de los chamanes de los Andes y de una nación perdida de indígenas llamados Q’eros. El personaje central de su libro era sin embargo un maestro antropólogo y sacerdote andino llamado Juan Nuñez del Prado, quién era un importante heredero de este conocimiento ancestral. La cosa me dejó maravillado, en primer lugar porque hasta entonces como andino que era, solo tenía conocimiento de la pachamama, sus rituales con los apus y otras prácticas como la ingesta de la wachuma por ejemplo. Pero revelar a la luz que los chamanes andinos conocían y practicaban con energías sutiles era extraordinario y lo consideré un regalo que tarde o temprano iba a conocer en profundidad. Desde entonces mi corazón me dijo a mi mismo que era hora de echar una mirada a mi propia sangre y mi propia tierra. Desde hacía ya mucho tiempo había profundizado en saberes ancestrales distantes geográficamente, de culturas orientales y occidentales muy valiosas para la humanidad por supuesto, pero que ya era hora de anclar en mi propia tierra, en mis apus, en mi pachamama, para lo cual supuse que era cuestión de tiempo y oportunidad de lograr los conocimientos necesarios a fin de recuperar esa fuente de sabiduría ancestral andina e Inka. La hora había llegado.

Con el pasar del tiempo realicé mis propias investigaciones sobre la medicina y espiritualidad andina, comprendí que este tipo de espiritualidad se venía practicando casi en secreto a pesar de 500 años de inminente interrupción por la hegemonía político-social occidental. La represión católica hacia toda práctica espiritual andina había también fragmentado el conocimiento. Es decir algunos linajes de chamanes andinos conocían muy bien un aspecto y otros conocían otros. De modo ilustrado algunos se dedicaban a ceremonias con la pachamama, otros a curar con la herbolaria, otros se especializaban en el tratamiento del cuerpo con el masaje Qhaqoy, otros a inducir estados modificados de conciencia con la wachuma y otros a trabajar el campo energético de modo específico. Pues vaya me dije a mi mismo, el conocimiento es amplio, pero me propuse conocer uno a uno cada apartado a través de los años. Por suerte mi familia procede de una familia importante de chamanes andinos de los andes ayacuchanos y con mayor razón la cosmovisión andina ha estado impregnada desde que tengo uso de razón.

Con la llegada de nuevos años el tema del conocimiento de la tradición mística andina se despejaba y aclaraba más, gracias a la publicación de otras investigaciones y libros sobre el chamanismo Inka y de los Q’eros. Como quiera que el destino es uno solo y este es mitad decisión y mitad sorpresa terminé por conocer al maestro Juan Nuñez del Prado en persona. Era un personaje mítico, presente en muchos libros y artículos científicos. Hasta entonces me imaginaba un personaje enigmático que quizás solo existía en el imaginario colectivo popular, lo comparaba al Juan Matus del escritor peruano Carlos Castañeda. Pero la hora había llegado y cuando tuve el honor de conocerlo lo saludé y le dije:

–          “A usted solo lo conocía por los libros, pero ahora veo que es de carne y hueso”

Luego le pregunté:

–          ¿Cómo tengo que llamarlo, Doctor, Profesor, Maestro, en fin?

A lo cual me contestó:

–          Llámame solo “Juan”.

Ese gesto sin embargo denotaría al hombre medicina presente en él. Era un tipo modesto, simple con un gran sentido del humor. Finalmente conocería de la mano de Juan el sendero del misticismo andino el cual tenía como nombre “Kawsay Puriy”, pues del quechua se traduce como “el camino del cósmos viviente”. Por ello soy un convencido que el sendero que cada uno camina es personal y solo tiene significado para el caminante. En  mi caso siempre digo que mi sendero es mágico, porque no termino de maravillarme de las situaciones y personas que van llegando a mi encuentro, y con ello mi camino se llena cada día más de luz, al menos eso es lo que yo creo.

Fuente: http://www.takiruna.com

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