Los niños colibrí – cuento

“LOS NIÑOS COLIBRÍ”

Autor: Arnaldo Quispe

Luego de librar duras batallas con los Chachapoyas, los Inkas anexaron al Antisuyo parte de los territorios selváticos conquistados considerados indominables por su naturaleza agreste y tropical. La Selva era la morada de diferentes tribus al que los Inkas llamaban sacharunas. Los Chachapoyas poseían extensos territorios de altitud tropical propicios para el cultivo de la coca, hoja sagrada de los Inkas. Luego de la victoria militar, los Inkas debían poblar los territorios con algunos ayllus procedientes de otras regiones del Antusuyo, especializados en el cultivo de la hoja de coca. La paz, sin embargo era inestable debido a que no todas las tribus vecinas estaban dispuestas a tolerar la hegemonía Inka, se decía que algunas huestes rebeldes Chachapoyas al huir luego de la derrota, habían hecho una alianza con algunas tribus guerreras de las riberas del Uctubamba y Marañón. Estas tribus guerreras eran Aguarunas, de la familia de los sacharunas Jíbaros conocidos por la práctica del tzantza o reducción de cabezas. La promesa de los Chachapoyas era de ofrecer extensos territorios si en una eventual lucha no darían cuartel a las posiciones Inkas.

Yurac Yaku fue nombrado por el mismo gobernador del Antisuyo capo clan del ayllu más alejado, en los confines de este nuevo territorio Inka, dada sus referencias tenía habilidad para negociar en diversas lenguas con los extranjeros, conocedor del uso de quipus no tendría problemas para manejar las cuentas de los ayllus imperiales y sumado a su experiencia en el cultivo de la hoja de coca, era el hombre ideal, un líder plebeyo y leal súbdito del cual se esperaba pudiera promover la paz con las tribus beligerantes. El territorio merced a su lejanía, estaría cubierto por algunas columnas de soldados Inkas, los cuales protegerían a la población civil en caso ocurra una incursión militar enemiga. Se decía entre la gente que Yurac Yaku era el hijo predilecto de la pachamama, al amparo de los apus, era el protegido de los dioses, este veneraba mediante la practica del ayni y el pagapu a la madre tierra con solemne devoción. En su ayllu era una autoridad que irradiaba confianza y justicia para con los suyos. Tenía la fama de contar cuentos e historias a los niños para que estos cuiden la naturaleza y los bósques, por esta y otras razones era muy apreciado por su comunidad.

Los ayllus eran en aquél entonces la base de la organización social Inka, conformada por familias unidas por lazos de parentesco y sangre, estaban a disposición del poder político para participar como colonos en las nuevas tierras conquistadas. Yurac Yaku había cumplido con éxito sus misiones anteriores, pero en esta oportunidad temía la suerte que correría su propio ayllu, debido a las tratativas inútiles que había tenido con las tribus vecinas, las cuales habían decretado abiertamente un estado de beligerancia total. El conflicto parecía inminente. La idea de una invasión pasaba por su cabeza todos los días, sumado a que -con el pasar del tiempo- los refuerzos militares Inkas no llegaban. Era precupado, pero trataba de no desmostrarlo ya que la órden del gobernador era clara: no podían abandonar el territorio bajo ninguna condición. Por ello, temiendo que sucediese lo peor, es decir que las mujeres, niños y ancianos de su ayllu teminasen decapitados o esclavos, elaboró todo tipo de estrategias de huída en el caso las fuerzas Inkas cediesen sus posiciones y el territorio de los ayllus sea devastado.

La batalla comenzó con una emboscada planificada sobre las columnas guerreras Inkas, que a pesar de la inferioridad numérica lucharían ferozmente hasta alcanzar la gloria. Yurac Yaku una vez informado de la derrota de las tropas Inkas y ante una inminente incursión fatal sobre las poblaciones civiles, organizó a todos los adultos incluyendo mujeres y ancianos a la defensa del territorio, a fin de ganar tiempo para que los niños del wawa wasi tuvieran la posibilidad de huir.

Las tribus beligerantes no eran guerreros comunes, no darían tregua ni negociarían bajo ningún término, serían implacables aún con los niños colonos. Yurac Yaku no deseando que los niños corrieran igual suerte que los adultos, los instruyó de tal forma que tuvieran que esconderse por algunos días bajo el amparo del Apu más alto. Sin embargo, las huestes enemigas, muy expertos cazadores y recolectores de la Selva profunda, encontrarían los rastros de los niños en un sendero aledaño, por lo cual no tardarían en alcanzarlos en la cima del Apu.

Yurac Yaku librando una dura lucha aún con las manos cae mal herido y antes de su desenlace final implora a Pachamama por la suerte de los niños Inkas, aún con el último hálito de vida recita en voz alta: “Madre divina siempre te he alabado y te he servido, si de algo sirve esta humilde súplica permite que los niños no sufran un fatal destino, has de ellos tu voluntad”. Diciendo esta plegaria moriría en su cuerpo físico, pues Pachamama lo inmortalizaría convirtiéndolo en un gigante cóndor, de enormes alas que alcanzaría rápidamente vuelo por los cielos montañosos en busca de los niños indefensos.

Uno de los niños más grandes dando coraje a los más pequeños les recordó en voz alta que no se debería perder la esperanza en momentos de peligro, este les trajo a la memoria una de las historias que Yurac Yaku les había contado tiempo atrás, cuando un niño Inka se había convertido en q’ente (picaflor) al saltar de una pendiente alta de un Apu, porque era perseguido por un voraz puma. Les dijo que Yurac Yaku no permitiría que nadie les haga daño. Este mismo niño divisó que un cóndor descendía del cielo y se dirigía hacia ellos formando círculos cada vez más pequeños, notó que se trataba de Yurac Yaku cuando el cóndor les habló antes de tocar suelo: “No teman, he venido a protegerlos”. Les dijo que subieran a su lomo y sus alas, como eran tantos niños uno por uno al momento de subir se convertiría en colibrí, logrando así huir de la cima del Apu justo antes que los feroces tropas enemigas lograsen alcanzar la cima.

Una vez a salvo, el cóndor les dijo a los colibrís que volaran libremente en diferentes direcciones del Tahuantinsuyo. Los colibrís multicolores poblaron desde entonces las cuatro direcciones de la chakana andina con ayuda de wayra, el viento. Pachamama glorificó a Yurac Yaku por ser un hombre justo y fervierte servidor; Y a los niños les dió larga vida convirtiéndolos en q’ente (el picaflor sagrado de los Andes). En adelante esta sería la historia de los niños q’ente o simplemente niños colibrí.

Fuente: www.takiruna.com

Nota: Se autoriza la difusión del presente cuento siempre y cuando se mencione al autor y la fuente respectiva.

Licencia Creative Commons
“Los niños colibrí” por Arnaldo Quispe se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-SinDerivadas 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://wp.me/PKZHU-Pf.

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