HOMENAJE A JUAN FLORES
Por Arnaldo Quispe
Primero un pensamiento y luego un respiro profundo es lo primero que me vino natural de hacer, luego que una amiga pintora portorricana me compartiera el post del sitio oficial del centro Mayantuyacu, que informa sobre la partida (transición) del maestro de origen asháninka Juan Flores. Uno de mis primeros maestros de la medicina tradicional amazónica (MTA) a inicios del milenio.
Debo decir que con Juan se abrieron numerosos caminos y capítulos de medicina tradicional de manera directa y los mejores recuerdos viajan con el tiempo empoderando el tema de los «icaros», los cantos medicinales que una vez de haber encontrado el sentido y esencia, me fueron útiles para crear el propio repertorio. Hoy sus cantos icaros son compartidos como patrimonio inmaterial y en ellos residen los códigos de sanación espiritual de una parte de nuestras culturas oiriginarias.
Tuve el honor de conocerlo cuando entonces era psicólogo y coordinador terapéutico del centro Takiwasi en Tarapoto, en aquél entonces Don Juan realizaba prolongados stages como parte de un proyecto sostenible de enseñanza y transmisión del conocimiento «vegetalista» con jóvenes aprendices, entre los cuales me encontraba desde mi rol profesional. Allí conocí sus valores, que dicho sea de paso fue lo primero que me transmitió. Le invité a mi casa muchas veces y juntos realizamos un intento de biografía que por azares del destino no pudo ser publicado en su momento. Tuve el honor de acompañarlo en la realización del primer encuentro de curanderos amazónicos en el 2001. Luego cuando regresó a Pucallpa nos enteramos de su accidente con una trampa para animales, que lo mantuvo lisiado por un tiempo y que por magia de las plantas logró superar. Luego su proyecto de centro de dietas. Luego su familia. Luego formó su escuela de mujeres curanderas. Luego la acogida para personas con enfermedades terminales. Luego su encuentro con los canadienses, con los cuales realizó viajes y proyectos de fusión musical con sus cantos. Luego la publicación de su centro y el río caliente en la National Geographic y en otros videodocumentales de medios importantes… y luego… etc.
En fin, mientras se pudo, siempre hubo un pensamiento hacia su vida, sus proyectos y su trabajo etnomedicinal, del cual como discípulo y por ética profesional nunca fue mi estilo «cogerme» de su fama o mucho menos hacerme conocido «yo» gracias a sus dotes de buen maestro curandero «sheripiari». Siempre lo admiré desde lejos. Don Juan me refirió desde un primer momento que el camino uno mismo se lo hace al andar y que si tiene sentido esta vida, también esta se abre paso permitiendo poco a poco que el propio trabajo personal-profesional encuentre su propia luz y su andar. Hasta donde la consciencia me alcanza he seguido su ejemplo y casi siempre lo menciono en mis ceremonias, como ejemplo y guía, con gran respeto y responsabilidad.
Hoy solo queda agradecer por su vida y obra, para la sabia memoria de los tiempos. En este momento de transición siempre son necesarias las condolencias del caso a la gran familia humana que formó, que nos permite compartir un mismo sentimiento y por un momento permitirnos sentir una gran confraternidad centrada en su memoria y trabajo. Gracias maestro Juan, gracias por ser y estar, será – por esta vez- un otro hasta luego, uno diferente, pero en fin uno más…
Escrito por Arnaldo Quispe
Fuente: www.takiruna.com


