LA CURANDERA DEL BOSQUE
Por Arnaldo Quispe
Hay libros que nacen de una idea y otros que comienzan mucho antes de que uno se siente frente a una página en blanco. La curandera del bosque pertenece, para mí, a estos últimos. Su origen se encuentra en mi vínculo con la Amazonía peruana, en experiencias, recuerdos, personas y lugares que fueron dejando una huella a lo largo de los años. Escribir esta novela ha significado volver a ese territorio, pero también regresar a una parte de mi propia historia y contemplarla desde la distancia que solamente el tiempo puede ofrecer.
La Amazonía que aparece en estas páginas no pretende ser únicamente un escenario exótico. La selva es presencia, misterio y, en cierto modo, también personaje. Está en el río, en las lluvias, en las noches pobladas de sonidos, en las plantas, en los animales y en la manera particular en que sus habitantes se relacionan con aquello que los rodea. Quise acercarme a ese mundo sin despojarlo de su complejidad, mostrando una naturaleza que puede ser hermosa y acogedora, pero también imprevisible, exigente y profundamente transformadora.
En el centro de la historia se encuentra Lucía, una mujer cuya vida cambia cuando entra en contacto con Dominga, una curandera amazónica depositaria de conocimientos que no proceden de los libros, sino de la experiencia, de la observación y de una tradición transmitida de generación en generación. A través de ese encuentro, Lucía comienza un camino que no consiste solamente en aprender determinadas prácticas de la medicina tradicional amazónica. Su verdadero aprendizaje será mucho más íntimo: tendrá que confrontarse consigo misma, con sus heridas, sus afectos, sus pérdidas y con aquello que todavía necesita comprender para poder continuar su camino.
Por eso, aunque la curandería y la medicina tradicional ocupan un lugar importante en la novela, La curandera del bosque no pretende ser un manual ni una explicación académica de estas prácticas. Es, ante todo, una historia humana. La ayahuasca, las plantas, las dietas, los icaros, las limpias y otros elementos de la tradición amazónica aparecen dentro de la vida de los personajes, acompañando sus procesos y sus relaciones. Me interesaba mostrar que detrás de aquello que desde fuera puede parecer extraordinario existe también una dimensión cotidiana hecha de disciplina, respeto, responsabilidad, aprendizaje y vínculo con la comunidad y con la naturaleza.
Uno de los temas que atraviesa profundamente el libro es la idea de sanar. A menudo pensamos la sanación como la eliminación de aquello que nos hace sufrir. Sin embargo, existen experiencias que no pueden simplemente borrarse. Algunas heridas forman parte de nuestra historia y quizá sanar no signifique olvidarlas, sino aprender a relacionarnos de otra manera con ellas. En ese sentido, el camino de Lucía plantea una pregunta que también podemos trasladar a nuestra propia existencia: ¿qué sucede cuando dejamos de luchar contra todo aquello que nos duele y comenzamos, poco a poco, a escucharlo?
También el amor ocupa un lugar central. No solamente el amor entre dos personas, sino sus múltiples formas: el amor de una madre, el cuidado, la amistad, la solidaridad, la memoria de quienes ya no están y la capacidad de acompañar a otro sin apropiarnos de su destino. En la novela, amar no significa necesariamente salvar. A veces significa permanecer cerca; otras veces, saber esperar; y en determinados momentos significa incluso dejar partir. Quizá una de las enseñanzas más difíciles de nuestras relaciones sea comprender que acompañar profundamente a alguien no nos convierte en dueños de su camino.
Mientras escribía, fui comprendiendo además que la selva ofrecía una metáfora poderosa de la propia existencia. En ella nada permanece completamente inmóvil: algo nace mientras otra cosa muere, una planta se abre paso sobre aquello que se descompone y el río nunca es exactamente el mismo. La vida humana también está hecha de esos movimientos. Perdemos, encontramos, nos equivocamos, comenzamos nuevamente y, algunas veces, aquello que parecía una ruptura termina convirtiéndose en el comienzo de otra etapa.
Existe también en La curandera del bosque una invitación a reconsiderar nuestra relación con la naturaleza. Durante mucho tiempo hemos hablado de ella como si fuera algo exterior a nosotros: algo que debemos utilizar, admirar o proteger. Las tradiciones amazónicas y andinas nos recuerdan otra posibilidad: nosotros también somos naturaleza. Nuestro cuerpo, nuestra respiración, nuestros ciclos y nuestra vulnerabilidad forman parte de la misma trama. Tal vez por eso escuchar el bosque puede convertirse, simbólicamente, en una manera de volver a escucharnos.
Esta novela nace, por tanto, del encuentro entre memoria y ficción. Los personajes pertenecen al universo narrativo, pero detrás de muchas atmósferas, conocimientos y experiencias existe un mundo que he conocido y que ha dejado una profunda huella en mí. Transformar todo ello en literatura me permitió acercarme nuevamente a la Amazonía sin intentar explicarla por completo. Hay realidades que pierden algo cuando pretendemos encerrarlas en una definición. Algunas cosas necesitan conservar una parte de misterio.
Hoy, al compartir La curandera del bosque con los lectores, siento que el libro deja de pertenecerme exclusivamente. Cada persona encontrará en sus páginas algo diferente: quizás una historia de amor, una aventura amazónica, una reflexión sobre la medicina tradicional, un relato de transformación o simplemente la historia de una mujer que intenta reconstruir su vida. Todas esas lecturas son posibles.
Si tuviera que resumir en pocas palabras aquello que quisiera dejar después de la última página, sería quizá esta idea: la selva nos enseña que todo está vivo, que sanar significa volver a escuchar y que el verdadero encuentro ocurre cuando aprendemos a ser parte de la naturaleza.
La curandera del bosque es mi invitación a realizar ese viaje.
No solamente hacia la Amazonía peruana.
También, quizás, hacia nosotros mismos.
Fuente: https://www.takiruna.com

