Mi maestro tibetano – relato

MI MAESTRO TIBETANO

Por Arnaldo Quispe

Cuanto extraño escucharlo. El tiempo ha pasado y aún lo recuerdo. Me fascinaba sentir esa vocecita como de alguien que entra en profunda meditación. Discretamente, mantenía una preferencia por atenderlo y estar cerca de la recámara seis del pabellón de segundo piso, en donde solía escuchar sus mantras modulados y hasta finos “ommm, ommm”. Muchas noches me acompañaba en la rutina nocturna, en mi cabeza pensaba que era un regalo de los dioses. Lo cierto era que Vincenzo a sus noventaidos años solía cantar -probablemente de pura casualidad- como si se tratase de un monje tibetano. No tardé desde un inicio de bautizarlo como “mío maestro tibetano” (“mi maestro tibetano”).

Toda vez que debía asistirlo lo saludaba con reverencia y satisfacción. Buscaba de comenzar una conversación, a pesar de las respuestas limitadas de alguien que padece Alzheimer, solía entenderlo y lograba dibujar una sonrisa en su rostro. Era sin duda mi amigo y no le molestaba que le dijese “mio maestro” (“mi maestro”). Muy aparte de este caso en particular, pienso que todos los ancianos tienen la maestría de la vida y Vincenzo era -mientras permaneció en vida terrenal- el mejor de mis amigos ancianos y el mejor de mis maestros. Llevaba cinco años viviendo como paciente diagnosticado como Alzheimer terminal, en el centro de ancianos del municipio de Dogliani, para afrontar la última etapa de su vida física y llegar a la muerte. Acompañarlo en este proceso, fue sin duda la mejor fortuna para un alumno tan ávido de escuchar y aprender de los ancianos.

Siempre he pensado que las personas aún cuando enfermas o muy ancianas, son más que sus diagnósticos médicos, ciertamente  Vincenzo había perdido buena parte de sus capacidades mentales y motoras, pero tenía vigente la actitud emocional de alguien que probablemente en su vida civil y de vigilia había sido una persona de buen vivir y de sanos principios. Era un alegría para el personal de salud encontrarlo casi siempre alegre y tranquilo, pero su mejor don era cantar, sobre todo por las noches, uno podía escucharlo al pasar por el pasillo de las recámaras. La noche era joven en su caso, los fármacos solo apaciguaban por un rato su horario invertido. Era incansable, pero sin embargo tenía a alguien a quién no le disgustaba para nada escuchar sus cantos.

Algunas veces traté de explicarle que sus cantos se parecían al de los cantos de los monjes tibetanos, a pesar que no me esparaba que conversará sobre el particular, solía valorar su propia capacidad de comunicar, como dándole sentido a lo que decía. Es más la coherencia de sus respuestas mejoraba cuando lograba emitir más palabras de un repertorio de lenguaje que probablemente se encontraba poco estimulado. Creo que era bueno estimularlo precisamente a hablar, sin tratar de interrumpirlo ni de forzarlo, de modo que lograba casi comprenderlo aún a pesar del déficit comunicacional existente. Mi meta era buscar que se sienta seguro, respetado y aceptado de la compañía de la cual era objeto y que pudiera colaborar con el trabajo asistencial que por necesidad tenía que hacerse a modo de rutina.

Vincenzo solo recibía muy rara vez la visita de un hermano anciano -como él- proveniente de Turín, era viudo y no tenía hijos. Traté discretamente de saber un poco acerca de su vida, de lo que había hecho hasta llegar a la “casa de riposo” (“la casa de ancianos”). Lo único que supe era que había dedicado toda su vida a trabajar como artista y tenía su taller de pintura artística, pero llegaba a esta etapa de su vida practicamente en el anonimato y olvido. Su situación sin embargo, era de “abandono” como tantos otros que no presentan parientes cercanos o conocidos. En Italia, la tasa de longevidad es alta y muy baja por el contrario la de natalidad. Se sabe que muchos ancianos en la Región de Piemonte no dejan descendencia y al pasar los noventa años por obligo de ley son atendidos por los servicios sociales asistenciales, por lo que es común reubicar a un anciano desde su propia casa, a una “casa de riposo” (“casa de ancianos”), para afrontar la última etapa de sus vidas terrenales.

He considerado a Vincenzo como a un amigo, esta calidad en la relación solía estar compuesta de simpatía y muestras de estima provenientes de alguien que para él representa un perfecto desconocido. Sin embargo, no creo haber roto ninguna cadena en el trabajo profesional asistencial, muy por el contrario esta experiencia de vida me ha enriquecido por sobre todas las cosas: el alma. Por ello, lo recuerdo y a veces en mis meditaciones canto como solía hacerlo él. Pienso que hay una gran dosis de sensibilidad que no se confunde con ninguna forma de inmadurez personal. Las cosas están claras, por ello, estas son líneas escritas de alguien que puede sentir y extrañar sus cantos tibetanos (“casuales o no”), que dejan un vacío en los pasillos del centro de ancianos, pero que de igual manera lo recuerda en la memoria imborrable de los tiempos. Creo escucharlo de inmediato cuando recuerdo su nombre y paso por su recámara, mi gran amigo, mi gran “maestro tibetano” se ha ido a mejor vida y mi alma sigue escuchándolo: “ommm, ommm, ommm…”.

Fuente: http://www.takiruna.com

Escrito en diciembre 2011

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