EL NIÑO QUE VIVE EN NOSOTROS

El niño que vive en nosotros (Relato)

Por Arnaldo Quispe.

Una mañana de invierno me alzé de la cama y sin ningún motivo aparente me asomé por la azotea de mi casa, miraba solo el horizonte repleto de casas de mi vecindario surcano y autos que se deslizaban por las pistas sin parar. De un momento a otro bajé la mirada a un niño como de mi edad, que corría por la vereda para alcanzar a su padre, éste se inclinó y le acomodó el cuello de su casaca azul, fue minucioso para cubrirle la cabeza con un gorro y ponerle sus guantes de lana. Era obviamente un cuadro enternecedor de un padre que cuida y ama a su hijo. Quizás en ese momento un pensamiento ridículo e insensato vino a mi mente, pues sentí rabia por no tener la misma oportunidad de ese niño bien abrigado por su padre. Cuando me miré a mi mismo, vi que no tenía una casaca que me cubriera las espaldas, estaba solo con un polito de manga larga, un short y mis sandalias con los pies al descubierto. De repente descubrí que debía tener frío y que debía regresar dentro de mi cuarto para abrigarme.

A veces pienso que la experiencia infantil puede congelarse hasta hacerse un muro dentro de nuestra personalidad. Nuestros padres solo pueden conocer la punta del iceberg pero nunca podrán controlarlo todo, sobre todo cuando ya alcanzamos una edad más juvenil. En el caso del niño congelado de frío lo que parece menos importante no es la calidad de la temperatura invernal, parece resaltante el compararse en una situación hipotética de disponer o no del calor familiar, en este caso del afecto paterno. Esta es una imagen cumbre que me viene siempre a la cabeza cada vez que escucho hablar del niño que vive en nosotros, pero no me hace sentir mal, ya hace años he tratado este y otros temas con la psicoterapia y en sesiones transpersonales de plantas sagradas. No creo que los temas de este tipo se resuelvan como las matemáticas, puesto que son temas de afectividad y autoestima. Siempre queda algún residuo, pero el recuerdo definitivamente a pesar de su recurrencia ha sido superado en importancia.

Esta imagen representa para mi la carencia del padre en mi vida, motivo por el cual no voy a hablar precisamente de ello, ni mucho menos mencionar otros detalles por respeto a mi padre físico. Esta vez quiero hablar de lo que uno aprende de la universidad de la vida cuando no cuentas con uno en convivencia, creo que tiene sus ventajas inclusive, creo además que uno aprende a crecer más sano físicamente, es decir con mejores defensas, con un sistema autoinmune a prueba de balas y hasta fortalecido emocionalmente, digo esto por que uno se inventa el aspecto ausente y con herramientas espontaneas uno mismo consolida su lado masculino de la mejor manera.

El padre ausente en nuestra vida se complementa con la presencia de los abuelos, los hermanos mayores, los tíos, los primos, amigos y hasta los vecinos. Es más creo que nuestros maestros escolares ayudan a completar esa importante tarea, hasta el entorno colabora con los ejemplos de la propia naturaleza. En cada aspecto masculino encontramos un modelo de padre que va sumando una macro imagen y que puede en el mejor de los casos crear la silueta del padre ausente. Quizás este modelo no es el ideal en un mundo prejuicioso que reclama presencia, matrimonio y familia constituida, pero es un plan de emergencia espontáneo que hasta pienso puede ser uno de nuestros talentos o potenciales conquistados más preciados .

Por curioso que parezca, encuentro en las sociedades actuales la presencia del padre ausente. Es decir modelos de familias funcionales en donde el padre aun estando presente en casa, vive ausente y casi alejado de la realidad de sus propios hijos. En este modelo de padre moderno la distancia física no existe pero la distancia emocional es simplemente abismal. El padre que es indiferente y apático, es a mi modo de ver un tipo de padre potencialmente agresivo en la educación emocional de sus hijos. Aún con este modelo llego a la misma conclusión inicial, es decir la imagen de padre de todas manera estará presente aún con los padres ausentes o no.

Si alguien me pregunta sobre cual es el modelo de padre que sería ideal para una sociedad moderna como la nuestra, mi respuesta no puede ser otra que no existe un modelo real, existe lo que hay, lo que es. No hay modelos perfectos, los seres humanos no somos perfectos, erramos y aprendemos de nuestros errores. Hay padres ausentes, fríos, agresivos, indiferentes, aprehensivos, posesivos, castrantes, militarescos, débiles, chistosos, ultraamorosos e hiperactivos, todos son diferentes, tienen su propio estilo y espacio. Quizás mi modelo de padre funcional es el democrático o libertario, un modelo que asumo en la práctica cuando debo dar el propio ejemplo y espacio a mis hijos, darles la oportunidad, decirles que se levanten por sí mismos cuando se caen, de preguntarles que han aprendido y siempre, pero “siempre” creer  y confiar en ellos aún en sus errores y desventuras. No creo que este modelo de padre funcione para todos, pero es mi modelo elegido, el resultado de la universidad de la vida, que  inclusive continua evolucionando.

Hablar del niño que vive en nosotros no es novedad, desde hace algún tiempo viene siendo mencionado tanto en psicología y autoayuda. Probablemente con el análisis transaccional de Berne se haya expandido la atención emocional a este aspecto de la vida adulta. La idea no es negar la presencia del niño interior, la idea es unificarlo e integrarlo a fin de vivir una vida más completa y con mayor creatividad. Después de todo el niño representa en nuestra vida adulta la creatividad, la libertad, la inocencia, la pureza, el juego y la fantasía. Son talentos que podemos integrar para nuestra mayor felicidad.

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