La televisión del monte

La televisión del monte

Aquí una descripción basada en las notas tomadas por Narby la noche siguiente a la ceremonia de ayahuasca:

Primero, Ruperto nos aspergió con agua perfumada (agua florida) y nos ahumó con su tabaco. Seguidamente, se sentó con nosotros y comenzó a silbar una melodía de una belleza sorprendente.

Veía ya imágenes calidoscópicas delante de mis ojos, pero no me sentía bien. A pesar de la melodía de Ruperto, me levante para ir a vomitar. Habiendo eliminado los restos del venado y la yuca frita regresé a mi asiento, aliviado. Ruperto me dijo que, sin duda, yo había también arrojado la ayahuasca y que si quería podía volver a tomarla. Acepte. Verificó mi pulso y me declaro bastante fuerte para una dosis “regular”, que yo tragué.

Ruperto volvió a silbar mientras me instalaba en posición sentada en la oscuridad de la plataforma. Imágenes comenzaron a inundar mi cabeza. En mis notas, las describo como “inhabituales o espantosas: un agutí que muestra sus dientes y cuya boca esta ensangrentada, serpientes multicolores, muy brillantes y centelleantes, un policía que me causa problemas, mi padre que me mira con aire preocupado”.

Me encontré encerrado por lo que percibí como dos gigantescas boas, de un tamaño aproximado de sesenta centímetros de alto de doce a quince metros de largo, estaba totalmente aterrado. “Estas serpientes enormes están allá, tengo mis ojos cerrados y veo un mundo espectacular de luces brillantes, y en medio de pensamientos enredados las serpientes comienzan a hablarme sin palabras. Me explican que no soy más que un ser humano. Siento mi espíritu quebrarse, y en la grieta veo la arrogancia sin fondo de mis a priori. Es profundamente verdadero que yo no soy más que un ser humano y que la mayor parte del tiempo tengo la sensación de comprenderlo todo, mientras que aquí me encuentro en una realidad más poderosa que no comprendo de manera alguna y que incluso, en mi arrogancia, ni sospechaba que existiese. Tengo ganas de llorar ante la enormidad de estas revelaciones, pero me viene la idea que esta autocompasión hace parte de mi arrogancia. Tengo tal vergüenza que no oso más tener vergüenza. No obstante, debo vomitar de nuevo”.

Me levante totalmente desorientado, y, pidiendo muy sinceramente perdón a las serpientes fluorescentes, las salté como un sonámbulo ebrio y me dirigí hacia el árbol situado al lado de la casa, más debajo de la cocina.

Si relato ahora esta experiencia con palabras sobre papel, en el momento el lenguaje mismo me parecía insuficiente. Ensayé nombrar lo que veía y las palabras, la mayor parte del tiempo, no ligaban con las imágenes. Esta situación era profundamente torturadora, como si mi última atadura con la “realidad” hubiese sido cortada. Por lo demás, ella parece aquí ser un recuerdo lejano y unidimensional. Sin embargo, llego a comprender mentalmente mis sentimientos, como “pobre pequeño ser humano que ha perdido su lenguaje y que se apiada de si mismo”.

No me había sentido jamás tan profundamente humilde hasta ese momento. Apoyado contra el árbol volví a regurgitar. En Asháninca, ayahuasca se dice kamaramí, del verbo kamarank, vomitar. Cerré los ojos y no vi mas que rojo. Vi el interior de mi cuerpo, rojo.

“Regurgito no un líquido sino un color, rojo eléctrico, como sangre. estoy mal de la garganta. Abro mis ojos y siento presencias a mi lado, una presencia oscura a mi izquierda, a cerca de un metro de mi cabeza, y una clara a mi derecha, también a un metro. Como estoy volteando más hacia mi izquierda no estoy molesto por la presencia oscura, porque estoy conciente de ella. Pero me sobresalto cuando me hago conciente de la presencia clara, y giro a mirarla no llego verdaderamente a verla con mis ojos, me siento tan mal y controlo tan poco mi razón que no tengo verdaderamente deseo de verla. Guardo bastante lucidez para saber que no estoy vomitando sangre. Después de un momento me pregunto que hay que hacer. Tengo tan poco control que me abandono a instrucciones que parecen venir del exterior mío (¿de la presencia obscura?): ahora es tiempo de parar de vomitar, ahora es tiempo de escupir, de sonarse la nariz, de enjuagarse la boca, de no tragar agua. Tengo sed pero mi cuerpo me impide beber”.

En un momento dado, en medio de estas abluciones, levanté la cabeza y vi a una mujer asháninca, vestida con una larga toga tradicional de algodón (cushma), que se detenía a unos siete metros de mí. Tenía aire de estar en levitación por encima del suelo. La vía en la oscuridad, que se había vuelto clara. La luz se parecía a aquella de esas películas viradas en “noche americana”, es decir, de día con un filtro oscuro para hacer creer en la noche. Mirando a esta mujer, que me observaba en silencio en esta noche súbitamente clara, quede de nuevo profundamente anonadado por la familiaridad de esta gente con una realidad que transformaba mis axiomas y de la cual era totalmente ignorante.

“Todavía muy confundido estimo que he acabado, e incluso me enjuago la cara, y regreso maravillado por el hecho de haber acertado cumplir con todo esto complacientemente solo. Dejo el árbol, la cocina, las dos presencia y la mujer flotante, y retorno hacía el grupo. Ruperto pregunta: “¿Es que te han dicho de no tragar agua?” Respondo: “Sí” “¿Estás mareado?” “Sí”. Me instalo y él reinicia su canto. Jamás escuche música más bella, pequeños estremecimientos fluidos, una voz alta, en el límite del gorjeo. La sigo y tomo mi vuelo. Vuelo por los aires, centenas de metros por encima de la tierra y, mirando hacia abajo, veo un planeta todo blanco. De golpe, el canto se detiene y me encuentro abajo diciéndome: “No es posible que se detenga ahora” No veo más que imágenes confusas con cierto contenido erótico, ¡como una mujer con veinte senos! Él reinicia su canto y veo una hoja verde, con sus nervaduras, luego una mano humana, con las suyas, y así seguido sin descanso. Es imposible recordarse de todo”.

Poco a poco las imágenes se van esfumando. Estaba agotado. Un poco después de medianoche, me adormecí.

Fuente: “La Serpiente Cósmica”, Jeremy Narby. Cap I – La televisión del monte”.

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