El hábito no hace al monje – relato

EL HABITO NO HACE AL MONJE

Por Arnaldo Quispe

Esta frase es muy popular y representa la dualidad entre lo real y la apariencia. Muchas veces nuestras actitudes dependen de la primera impresión, juzgamos a las personas no más de verlas, sin embargo algunas cosas no son como parecen y terminamos aprendiendo la lección. El presente relato quizás no tenga que ver directamente con la frase en mención, pero es la primera imagen que me viene cuando recuerdo una experiencia pasada que hoy quiero compatir y que en su momento me causó mucha contrariedad, pero que me trajo muchos mensajes de enseñanza.

Las terapias alternativas comenzaron a difundirse desde hace unos 30 años atrás, con diferentes nombres: naturales, complementarias, holísticas y hasta energéticas. En este nuevo milenio el crecimiento del mercado medicinal alternativo alcanzó ribetes mundiales, conviertiéndose en fuente de inversiones, negocios multimillonarios y empleo para miles de personas con o sin experiencia previa en salud. El interés por aprender todo tipo de terapias y técnicas fue declarado de interés masivo, proporcional a la demanda laboral y al crecimiento desbordante de consultorios y centros holísticos en las ciudades importantes. Una nueva tendencia importante en salud que se abre paso en el contexto mundial, sin lugar a dudas.

Como profesional en psicología muy abierto a las nuevas tendencias, siempre he creído posible combinar dos o hasta tres cosas sin apartarte del perfil u objetivo concreto. El reiki, los masajes y la reflexoterapia llegaron a mi vida en el momento justo, cubriendo mis expectativas en su debido momento, cuya puesta en escena personal tendría los resultados que esperaba. Lo importante en la fase de aprendizaje era profundizar en dichas disciplinas, documentarse, estudiar al detalle sus diferentes escuelas, técnicas y aprender de cada una de ellas, pero sobre todo llevar a la práctica la teoría aprendida. Sin embargo, mi currículum alternativo contiene otras dos decenas de terapias, realizadas con el objetivo de enriquecer mi bagaje terapéutico ya puesto en práctica.

En una ocasión, en el año 2005, una importante asociación médica de medicinas alternativas, difundió la noticia de la realización de un taller de Musicoterapia. La respuesta fue masiva desde un principio, las expectativas eran grandes entre los cientos de terapeutas holísticos en formación, recuerdo haber alcanzado con mis amigos los cupos necesarios con dificultad. El taller sería dirigido por un médico de esa asociación y creo que parte de nuestras expectativas se centraban en las repercusiones que tendría posteriormente, en el sentido que podría dar lugar a un curso formativo o un diplomado. El tema de la musicoterapia siempre me había fascinado, desde que estudiaba psicología en algunas prácticas pre-profesionales tuve la ocasión de ver los efectos de la música en pacientes y grupos de riesgo de todo tipo. Pero el momento más importante, fue cuando ya era profesional y tuve la ocasión de trabajar al lado de un eminente psicoanalísta y musicoterapeuta en un club de fútbol local, con el cual pude observar y aprender sobre como la música, el tono de voz y diferentes sonidos eran una herramienta psicológica eficaz para preparar mentalmente a los deportistas en competición y rehabilitar a los lesionados. Mi expectativa personal en este nuevo taller de musicoterapia estaba supeditada ciertamente, a mi experiencia previa y por ello, pensaba en la importancia de acudir a este espacio conducido por un médico, con el cual quizás tendría mucho que aprender.

Por desgracia, algo que debió ser un taller se convirtió en un discurso teórico sin definir ni terminar, sin contenido práctico, ni un punto de referencia a donde llegar. El discurso estaba centrado en experiencias personales y hasta familiares; y la práctica que correspondería a cualquier tipo de taller no llegaba. Para mí, era ya difícil seguir “escuchando” y me sentía incómodo, pero para mi suerte llegó el intervalo. Cuando me reuní con mis amigos –no todos eran profesionales- nos miramos a la cara y alguno comenzó a preguntar: “¿Qué es esto”. Todos nos reímos y coincidimos que el taller era un escándalo, otro alcanzó a decir: “ese tipo es un payaso disfrazado” y otro decía con algo de cólera “voy a pedir que me devuelvan la plata”. Lo cierto es que no era el único que pensaba que estaba siendo estafado. Bueno por una parte, el expositor era médico, “¡ciertamente!”, pero por otra parte el grupo coincidió en señalar, que: “el hábito no hace al monje”; Luego escucharía: “Ser médico te da derecho de opinar, como todo el mundo, pero no de enseñar ni de transmitir una metodología, para lo cual no hay preparación ni práctica alguna”. Escuché otra opinión sarcástica: “Probablemente los organizadores pensaron que el tema iba a tener impacto, pero improvisaron con el expositor, seguramente muy a la criollada, encargaron al compadre más cercano, a fin que hable de música sin importar el nivel de los participantes, ni la metodología, ni nada”.

Extrañamente, en ese momento tuve una actitud tranquila, muy diferente a años atrás. Recordé que en épocas estudiantiles tenía un perfil guevarezco y hasta reaccionario, por lo que fuí elegido delegado estudiantil en varias oportunidades y en más de una ocasión, tuvimos que “votar” del aula a más de un profesor incompetente. Recuerdo que esto sucedió dos veces hasta en la maestría. “Si el alumnado está unido y forma un grupo compacto es capaz de hacer posible lo imposible”, pensaba en aquél entonces. Y más en universidades privadas en donde uno paga por tener buenos maestros. Ahora sentía que los tiempos habían cambiado, y que toda experiencia humana merece su oportunidad. Lo único que alcancé a decirles a mis amigos fue que no volveríamos a cometer el error dos veces. Pues era una ilusión hacer un taller de musicoterapia de 6 horas, cuando en países vecinos como Chile o Argentina se estudia 3 ó 5 años para ser musicoterapeuta. El error era nuestro. Y tal vez la mayoría de los asistentes al taller están contentos y hay que respetar a la mayoría. Creo que con eso se calmaron los ánimos y luego reingresamos a la sala para la segunda parte del taller.

Al reingresar notamos que los Cds. de música en venta se habían casi agotado, la gente se había llevado casi todo, sólo quedaban copias de música relajante y del género “carismático” (de alabanzas religiosas cristianas). El taller se reinició de un momento a otro, cuando una integrante del comité organizador comenzó a cantar a modo “gospel” algunas canciones de misas, de modo que nos invitaba a cantar en grupo y a mover las manos y el cuerpo. Los cantos habrían tenido una duración de 20 minutos, y al final realizó oraciones religiosas, todas en nombre de Dios. Bueno, para completar el taller el expositor nos hizo escuchar algunas canciones de Mozart con los ojos cerrados, que según investigaciones que había leído, producen concentración y relajación. No voy a negarles que esperaba la hora que termine el taller y desaprender algunas cosas, después de todo la responsabilidad de estar o no en un taller era individual. Lo cierto de todo es que quién escribe este relato y muchos de mis amigos no asistiríamos a otros eventos de esa asociación médica, a pesar de las invitaciones que llegaban por e-mails y por llamadas al teléfono. Creo que la lección se había aprendido.

Fuente: http://www.takiruna.com

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