Leyenda del primer icaro – cuento

LEYENDA DEL PRIMER ICARO

Autor Arnaldo Quispe

Wayra como cada alba matutino solía despertar a los tunquis, pilcos y picaflores del interior de la Selva, deleitándose luego con sus vuelos, cantos y juegos. Wayra o viento, era una deidad jóven siempre inquieto y juguetón. Una de sus labores cotidianas era acompañar a Mayu, su hermano mayor, la deidad de los ríos de la foresta. La alianza entre éstos era de irrigar el bósque y refrescarlo para que la madre suprema mantenga su presencia divina en el órden cíclico del cósmos.

Wayra había ayudado a las aves a modular sus cantos y darles una melodía y tono particular. Un día quiso hacer algo similar con los humanos, como había tantos quiso elegir uno muy trabajador. Inmediatamente pensó en aquél agricultor que pasaba cada mañana por las riberas de mayu, vio que éste era un gran hombre de familia y de campo, que muy temprano acudía a cuidar a sus animales y trabajar su chacra, vio además, que regresaba muy tarde cuando casi la luz de tata inti se ocultaba con el ocaso del horizonte. Tananta así se llamaba el agricultor sería en adelante su elegido.

Decidió así, regalarle el silbido para acompañar su largo trayecto por medio de la Selva. Tananta en adelante, caminaría alegre y ritmicamente al son de sus silbidos, siendo éstos casi semejantes al canto de los pájaros. Ese sería el nuevo convenio.

Un día Mayu se percartó que Tananta silbaba casi como un pájaro e inmediatamente se dio cuenta que el único que podía darle esa facultad a los humanos no era otro que Wayra su hermano menor. Espero a éste y cuando lo vio le preguntó sobre lo acontecido -he oído silvar a Tananta y por un momento pensé que era un pájaro. Wayra le dijo -le he otorgado la facultad de silbar porque quería alegrar sus pasos y porque es un humano justo y trabajador. Luego Wayra agregó -no te he consultado porque no quería incomodarte.

Mayu no sólo estaba de acuerdo con la ofrenda, sino que además propuso regalarle desde el poder de sus aguas sensibilidad, fuerza y sentimiento de su energía purificadora. Así se pusieron de acuerdo para obsequiarle a Tananta el don de icarar, es decir de cantar. En adelante, el indígena caminaría por las riberas de Mayu cantando y silbando a los cuatro vientos, para honrar y respetar a las deidades del bósque. Como cualquier otro don divino, ésto permitiría tomar contacto y crear una nueva alianza con éstos dioses.

Sus primeros icaros serían bien recibidos por las demás deidades y espíritus del bósque, alguno de los cuáles había informado el acontecimiento a Pachamama la madre suprema. La deidad mayor encargó llamar a sus hijos y les preguntó sobre este suceso. Wayra y Mayu le dijeron -Tananta es un humano sensato y respetuoso de la Selva, merece icarar para comunicarse por medio de sus cantos con los espíritus del bósque. Luego agregaron -si no te hemos informado de lo sucedido fue por no incomodarte Madre Suprema. Pachamama replicó -han hecho bien hijos míos, en adelante este será el nuevo pacto entre los humanos y las divinidades. Agregó -cada vez que los humanos canten las deidades del bósque escucharán con atención.

En adelante, Tananta no solo silbaba sino que icaraba muy contento de la nueva alianza, sus cantos  nacían desde su corazón que es su sangre, lo que le permitiría hablar con la naturaleza, calmar las aguas, calmar al viento, invocar a los espíritus y curar a los enfermos con la energía suprema purificadora. Los Icaros serían así los cantos de una nueva alianza de los dioses con los humanos, una nueva pachachaka con la pachamama.

Fuente: http://www.takiruna.com

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