El bulto en las fiestas patronales – relato

EL BULTO EN LAS FIESTAS PATRONALES

Por Arnaldo Quispe

Son innumerables los mitos y leyendas de los Andes peruanos, la mayoría de los cuales se pasan de generación en generación a través de fuentes orales. Algunos de los cuentos narrados en quechua o castellano tienen un contenido de órden comportamental y moralista, del precepto “si haces ésto, esto te pasará” (causa-efecto de orígen hispánico), muchas veces dirigido a la edad infantil, para alejar a los niños del mal comportamiento y la desobediencia. Uno de los más conocidos preceptos se representa con el siguiente simbolismo:

–“si te portas mal el cuco (supay o diablo) te va a llevar”.

Infundir temor para prevenir el acto erróneo, la acción indeseada o malvada era y es una forma de control, al cuál las comunidades andinos no escapan. A nivel familiar, recuerdo el relato de un cuento que he adaptado y llamado “El bulto de la fiesta de la Vírgen del Carmen”, pues el escenario en el que se desenvuelve son las fiestas patronales del distrito de Chumpi (Ayacucho), en el mes de Julio de cada año. El relato data de no menos de 60 años, de cuando mi abuela materna contaba la historia a sus hijas pequeñas, una de las cuales sería mi madre. Mi función dentro de ésta cadena humana es continuar la tradición con mis hijos y así sucesivamente.

El abuelo Eduardo era un hombre de campo muy trabajador, vivía de la tierra, de sus animales y de la alegría de estar rodeado de sus hijas, todas mujeres. Como muchos runas andinos tenía el favor de la pachamama puesto que de tiempo en tiempo ofrendaba sus sagrados despachos a la madre tierra. Sus faenas diarias comenzaban desde antes de la salida del alba. Por su experiencia con la tierra había logrado una sinergia impresionante con la naturaleza circundante y sobretodo con la tierra, al cual la trataba como una persona. Los que conocieron al abuelo aseguran que hablaba con los apus, con cada una de sus plantas, con sus mazorcas de maíz, papas y trigo y desde luego, con cada uno de sus animalitos, al cual había asignado un nombre particular en función a su lugar en el mundo andino y utilidad, así acémilas, carneros, cabras y vacas tenían un rol casi familiar. Cuidar de su rebaño y ver sus cosechas le causaba la mayor felicidad (“allin kawsay” en la cosmovisión andina).

Don Eduardo como le decían sus vecinos no escapaba a la vida social y a las festividades, era devoto de la patrona Vírgen del Carmen y cada año era partícipe de la minka para recolectar la chamiza (retama) en el lomo de sus llamas y acémilas, que cada noche de la fiesta sería quemada como ofrenda al Apu tutelar Annoccacca, guardián de la comunidad, la costumbre en la fiesta patronal era la de bailar en torno al gran fogón. Para muchos campesinos las fiestas patronales eran una oportunidad para vender sus animales o realizar trueques para transar sus chacras, insumos, semillas o herramientas para labrar la tierra o arreo u otros productos de panllevar. Además las celebraciones de las fiestas patronales eran junto a las fiestas de fin de año las más esperadas por parte de los pobladores. El calendario de actividades de la vida de la villa de Chumpi giraba entorno a la organización de sus fiestas patronales, una buena fiesta podría garantizar una buena cosecha, buenos matrimonios, buenos nacimientos, buenos ayllus y por ende prosperidad para todos.

En una oportunidad muy de noche el abuelo Eduardo pasado de traguitos insistía en permanecer en la fiesta para cantar y bailar al son del arpa y violín con tonadas de huayno andino ayacuchano. La abuela decía que en las fiestas era infaltable llorar de alegría con el clásico “coca kintucha”. Sentir éste huayno-himno era un tributo a la nostalgia típica ayacuchana y al mismo tiempo de euforia, por recordar a los seres queridos (ancestros) que ya no se encuentran en vida terrena. Esa fría noche a tanta insistencia de la abuela, don Eduardo accedió a retirarse a descansar, pero en su mente tramaba regresar a la fiesta luego de dejar dentro de casa a su mujer. Una vez en casa al abuelo Eduardo le dijo:

–“Voy atrás” (que era una forma de decir voy al silo de detrás de la casa).

Pero aprovechando que la abuela había ingresado a casa, logra trepar por uno de los muros laterales con la idea de regresar a la fiesta a bailar y cantar. Para su mala suerte el muro que había saltado colindaba con una calle oscura, por el cual sólo podía ver algún reflejo de luz de las estrellas, pero sobre todo de la constelación de Cruz del Sur (chakana). El abuelo con su botella de caña en mano (aguardiente) logra reconocer el sendero que debía seguir para retornar a la fiesta, en el trayecto logra ver a un hombre sentado como descansando apoyado sobre una mediana pared de adobe con la cabeza tapada por un sombrero de paja. Don Eduardo al llegar a este punto lo saluda cortésmente y le ofrece su “traguito”, al cual el ser extraño responde:

–“humm… humm… humm…”

Aún sin percatarse y confiado en sus modales y buena suerte acerca la botella a su invitado (en la tradición se bebía del pico de la botella). Luego ésta persona comienza a levantar la cabeza descubriendo su rostro de “bulto” con los orificios cosidos (ojos y boca). El abuelo por un momento quedó petrificado, las piernas no le respondían puesto que su intención era escapar, la botella de trago se cae y se rompe vertiendo el licor en la tierra. Cuando logra reaccionar cae aparatosamente dando varias vueltas sobre la tierra, al final logra alejarse gateando con velocidad huyendo del espanto vivido.

Al llegar a casa, como que el efecto mismo de la borracherra había pasado, toca la puerta con desesperación casi hasta lograr tumbarla a punta de patadas y golpes. La abuela cuando abre la puerta logra ver a su esposo pálido, con los ojos desorbitados, con los cabellos completamente blancos y parados. Sobre todo había perdido el habla, algo que le duró varios días recobrar. Lo único que no cambiaría de ésta experiencia sería su cabello blanco señal del susto del encuentro con el bulto andino, un espíritu mutante y errante incomprendido al cual muchos aseguran es el alma de un borracho muerto por dormir a la interperie, luego precisamente de una fiesta patronal. Otros aseguran que es el mismo supay (maligno) en su imagen de espíritu terrenal dispuesto a hacer pasar un mal rato a los desobedientes o alcohólicos. Lo cierto es que el abuelo en adelante tendría el cabello completamente blanco y sería precavido con las fiestas patronales, de las cuales se retiraría temprano y siempre al lado de su mujer.

Fuente: http://www.takiruna.com

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